La distorsión obligada

«L'influence qu'un écrivain exerce sur son temps et sur la postérité vient de ce qu'on croit qu'il est plus que de ce qu'il est réellement. Cela est vrai aussi des systèmes philosophiques ou politiques, que peu de gens approfondissent et que la masse du public,–contemporain ou postérieur–, réduit le plus souvent à quelques formules simples, parfois à quelques mots frappants, authentiques ou non. Mais ces formules ou ces mots on un pouvoir extrêmement agissant sur la psychologie des peuples ou des foules. Voilà pourquoi, pour étudier un auteur, il faut tenir le plus grand compte de l'idée que s'en sont fait ceux qui l'ont lu, commenté, critiqué, pris pour guide, car ce sont ces impressions et représentations collectives qui créent le complexe des forces intellectuelles reconnu pour être telle ouvre ou telle doctrine. Et par là, l'histoire et la critique littéraires confinent à la psychologie sociale et à la sociologie proprement dite.

»Il est cependant hautement désirable et même indispensable qu'on dépiste les légendes, qu'on en montre la formation et le cheminement, et qu'on les dissipe. On ne peut le faire qu'en étudiant les réalités mêmes, c'est-à-dire en relisant les auteurs, en remontant aux sources de leur biographie et à l'expression originale de leur pensée, en substituant l'histoire et la réalité véritable à la légende et aux illusions créatrices de l'esprit public».

Pascuas

Semana Santa debe ser el periodo del año en el que la gente escribe peor.

Por un lado te encuentras con opiniones sobre las procesiones y otras actividades religiosas auspiciadas por un «sin ser creyente» o «desde mi ateísmo» en las que a continuación se mezclas observaciones sobre la fe y actividades sociales con algún que otro matiz que se puede exponer tranquila y laicamente desde una perspectiva cultural pero que no: lo convierten en un fenómeno místico-religioso. Y así, a pesar de advertir desde el comienzo que su intención es otra, en vez de hablar sobre lo que para mi son hechos intentan juzgar la perspectiva de otros desde esa tarima que se podría llamar «de L'Oréal» porque la única autoridad que posee es la del «porque yo lo valgo». Confunden lo que le pasa al prójimo por la cabeza con hablar de lo que a mi me parece que tiene el otro en la cabeza, ¿laca?.

Por el otro, están todos aquellos que, con un deje religioso se lamentan de la mala suerte de no poder celebrar la Pascua y los santos porque llueve. Tan católicos ellos confunden los dones y la manera de obrar de su Dios, recogida en sus Sagradas Escrituras: siempre necesaria, con los caprichos de un dramaturgo que escoge si llueve o no según se acuerde. Da igual que tras la plaga de la sequía llegue el don de la lluvia para festejar el día que se ha preparado trabajando en comunidad cristiana, los dones de Dios no lo serán más que si me conviene o me sienta bien, como los vestidos que puedo comprar en Zara. Parecen ser los únicos que piensan de modo laico estos días.

Será que los otros, los que les tiran piedras, en el fondo, se sienten como Charlton Heston bajando del Sinaí.

Metáforas científicas

Me contraria leer críticas a las metáforas científicas por parte de filósofos e historiadores de la ciencia en relación al desarrollo del propio quehacer científico. La mayoría de esas metáforas tienen un carácter más promocional que otra cosa y si tienen carácter obstructor es para aquellos que charlotean desde la divulgación científica. En el ámbito de la investigación estas metafóras refieren a modelos experimentales que es el verdadero material de trabajo. Por mucho que la metáfora pudiese afectar al pensamiento del investigador como agente cultural, el tipo de afección sería cultural pero no científica. Las deficiencias estructurales del lenguaje científico no tienen que ver con el origen de las palabras empleadas para referir a un elemento, ¿qué le importa a un químico de dónde viene el nombre del Polonio?, sino con el propio sistema y método de investigación que se emplee.

Antes de preocuparte de la influencia de las metáforas en otros ámbitos del conocimiento se debería curar uno de sus complejos.

Arengas y arengos

Si vas a usar una frase como «Los trabajadores y trabajadoras y ciudadanos y ciudadanas, no van a dejar que les roben unos derechos que le pertenecen» para azuzar los ánimos de las gentes que abarrotan la Gran Vía salmantina podrías quedarte en tu local sindical y seguir los actos por la televisión. La gente ha salido de sus casas, ha hecho el esfuerzo de presentarse como masa, como presencia social activa y tú te pones a cantarles listas de objetos. ¿Acaso hablas para pantalones y camisas y bragas y calzones? No. Ninguno de los que están ya en la calle necesitan que les expliques qué hacen allí. No necesitan que saques un folio escrito por alguna máquina de políticamente correcto sino que los arengues para seguir dando la cara porque no están solos. Diles algo para que se vayan sabiendo que son parte de algo más que una enumeración y una serie de preocupaciones compartidas. Es una pena que hayan pasado de moda aquello de «compañeros, estamos aquí para defender lo nuestro» que decía más con menos.

Se echaban en falta cánticos como «Nós somos o celtismo» o «Estos son, aquí están, os fillos de Breogán» que aprendimos de los radicales del Celta porque el sentimiento de participación es el sustrato que se gana en la calle y se pierde con los medios; el quid de que valga la pena no quedarse en el sofá.

Canguelo

Te sientas a trabajar, compruebas el correo por si hay alguna novedad importante y al fin han cerrado el programa del próximo evento que tienes que preparar. Lo primero es mirar cuándo te toca y descubrir que una vez más se han equivocado con tu nombre. Entonces escribes el típico correo muy respetuoso señalando la errata, de esos que te agota escribir porque por un lado te da igual pero por el otro sabes que tienes que tener cuidado de no complicarte con tu currículo; burocracia. Luego ya empiezas a revisar el programa para ver que hay de bueno, repasas los títulos sin mirar mucho a los nombres y te enteras de las actividades extra-académicas que os tienen preparados: cualquiera diría que te han tocado unas vacaciones. Ya por último empiezas a ser consciente de que los nombres de los participantes son bastante ilustres y te entra el canguelo.

Echas cuentas de que, casualmente, un par de ellos han editado uno de los libros que tienes justo sobre tu mesa y del resto al menos una docena han escrito o colaborado en alguno de los otros lomos que tienes a mano. De uno estuviste charlando con un amigo hace unos días de sus trabajos, a este lo acabas de criticar en un artículo que tienes entre manos, de otro has trabajado ya varios textos con mayor y menor gusto, etc. Menos mal que alguno ni te suena ni sabes de dónde ha salido. Como ese con el que compartes apellido y título de ponencia, ¿no podría ser otra persona y que todo fuese una confusión?